miércoles, 31 de octubre de 2018

Payasos Tristes de Trescientos.

Bienvenidos, nietecitos. Como cada Halloween, vuestra abuelita os cuenta un cuento. En esta ocasión, es una realidad alternativa, en la que una película costrosa tuvo un éxito desmesurado y dió lugar a un nuevo género cinematográfico y televisivo.

Te dejaste mal cerrado el gas. O no apagaste bien la estufa de pellet. La explosión, que es a lo que vamos, fué magnífica. Magnicida más bien porque la infanta Leonor y un señor que era Rey de Aquitania, ya no estanian ni existanian. Una explosión que dió la vuelta a la realidad, cambió la percepcionalidad tangente de las cosas tal y como las conósceres, una realidad que ya no es a tuya pero tampoco la mia, una irrealidad payasística en la que la película Balada triste de trompeta acaba bien, con un final bien cerrado, no como los habituales del De La Iglesia, ni como en la realidad paralela actual consciente de serlo en ella misma.

En esa realidad, decimos, no pierdas el hilo que hilvanar le cuesta ya lo suyo y lo tuyo a esta anciana cuentacuentos y comeleguas, las cosas no fueren como seriesen aquí. Y seriesen no lo digo por la televisión, que ya lo hablaremos, pero cómete el colacao, hijoputa, de una vez ya.

Esa realidad, ¿Por dónde iba? Esa realidad en que esa pelicula de payasos que no era de DC, lo petó hasta las médulas óseas de los espectadores. Rieron, lloraron, hasta ganó el OSCAR fractal a mejor actor de reparto negro y obeso, arrebatándole la estatuilla ese año a Kate Winslet. Ganar un oscar fractal ya es un logro, pero que una película lo gane a mejor actor de reparto negro y obeso, es algo que sólo ocurría en 1939 con el Mago de Oz, la película aquella del grupo de rock que en realidad era mermelada tocando instrumentos.

En aquella realidad, que me voy del tema y me disperso, películas de payasos. Uma Thurman no hizo Kill Bill, hizo Postizas y Lágrimas, un drama sobre narices y pelucas, que ganó también dos globos de oro, concretamente los de la niña de Modern Family.

Hete ahí que aprovechando la vorágine, aprovechando el Muntaner, lo que viene a ser el éxito imparable de las postizas, las risas y los llantos, y los señores con depresión que se pintan la cara de colores, pero no de los que gobiernan USA sino los otros, el canal SYFY, al que en aquella realidad se llama el Canal Gutiérrez, se está hinchando a hacer telefilmes de payasos Payasos tornado, Payasos asesinos colorados del espacio interior, Payasos mutantes de Huesca.

Pero su franquicia estrella, que ha logrado incluso que vuelva el VHS y los videoclubs se abran sólo para ella, es "Payasos Tristes de Trescientos". Un drama épico, un péplum de pistas de circo y troyanos, pero no de los del ordenador por bajarte porno, de los otros, de los que van desnudos a a guerra, pero que no, que no son Rocco ni actores de esos. Payasos Tristes de Trescientos tiene como protagonista a Dean Cain, que interpreta a Clark Quent porque el Canal Gutiérrez no quiere riesgos y si fuiste un personaje famoso de una serie bonita y de colores, deberías llamarte igual si no parecido que el personaje que te encasilló, encasquilló y vilipendió obligándote a drogarte y violar alguna niña en un parque hasta que prometiste reformarte y revitalizarte, y devolviste el cadáver de la niña a Medeiros.

Dean Cain es Clark, un jefe de pista que siente el amotinamiento de sus payasos tontos, que tontos son pero no lo parecen, y traman una revuelta estudiantil contra el payaso listo y jefe de pista, que se parece a Gaby de los payasos de la tele pero claro es que Gaby se parecía a un director de orquesta famoso y éste a su vez al padre de Iván Sarnago, pero esto no viene a cuento. Porque de lo que se trata es de contaros un cuento. Y ya he perdido el hilo. Payasos, bufones y arlequines, pueblan los cines, la tele y los mitines. Y no pretendo ser sarcástica, simplemente soy fantástica.

Algún día que recuerde y refuerce la memoria, seguiré hablando de esos payasos. De los Payasos Tristes de Trescientos, enfrentados a mil doscientas focas del mal que invaden el imperio astrogodo y godofrí, que no tiene ni contigo ni sin tí, cuya maldad y caudillismo hacen palidecer a tu tío el que se escondió en Argentina y frió a varios niños judíos, y volvió a Valencia en busca de una herencia, y acabó de conserje, el jodido hereje. Hereje, como lo fué el bíblico y actor de doblaje Jérjeres el embutible, con salto de cama por taparrabos y unas muñequeras mágicas con las que enfrentarse a los Mediométricos, los enanos salvajes del Caribe.

Ay, el caribe, qué coñazo las películas del Jhonny Deep. Volvamos ya de la realidad de los payasos y arlequines, a la verdadera realidad en la que os estoy contando un cuento en la noche de Halloween.ç



Y creíais que había muerto. Anda que os hace falta poco para pensarlo, hijosdeputa.

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