lunes, 30 de mayo de 2016

Reverendando Mercúpiadas.

En el averdecer irregular de la campiña semteptrional, una pandilla de jóvenes y gráciles cigüeñas, jugaban despreocupadas de la migración, pues sus padres, madres y mayores en definitiva, ya se encargaban de hacer las maletas para dirigirse a pastos mejores al caer el perrenque.

En la campiña las llamaban las Mercúpiadas, porque no paraban quietas, saltimbanqueaban de un sitio para otro con sus patas largas y adolescentes y sus alas plumantecosas.

Las Mercúpiadas eran también unas tenebrosas criaturas mitológicas carentes de plumas, con lo cual la confusión y el bodevil estaba a la vuelta de la escafandra.

La madre de Rosita, una de las Mercúpiadas (las cigüeñas, no los monstruos), estaba muy preocupada porque desde hacía horas, Rosita no había dado señales de vida, no se la oía graznar, deglutir ni revolotear. Marchó a casa de las amigas, donde, una por una, las interrogó hábilmente como si hubiera nacido para ser interpretada por, qué se yo, James Cagney, en las películas policíacas y de gángsters de los años cuarenta.

Las pequeñas cigüeñas adolescentes pasaron un mal trago contestando a las inquerencias sempiternas, ahogadas e inconclusas, de la madre de Rosita. Además, había llegado a la campiña el cura Topo, que era cura y no veía tres en un burro, con lo que solía tener problemas para aceptar a la Santísima Trinidad, sobretodo si esta montaba a lomos de un Equus africanus asinus (que es como se llaman a sí mismos los burros para no parecer tontos). Que si Jesucristo uno y trino, pero que yo no lo veo claro, que si tampoco será para tanto el diluvio, si luego son cuatro gotas... El caso es que el Cura Topo era un tanto especial, y solía dar misa los Mártoles, porque le gustaba más que los Juviércoles. Se saltaba todo el santoral a la torera, pero con vuelta y media.

El Cura Topo, se prestó rápidamente a exorzicar o reverendar a las pequeñas cigüeñas, para ver si así sonaba la flauta y alguna, en lenguas muertas, confesaba dónde se encontraba Rosita.

EGO TI RACARRÁ IN CARENDUM PUSSOM, decía, agitando un botecito de Varón Dandy. No tenía nunca agua bendita cuando la necesitaba, pero una colonia de a centavo el litro ya venía bien para exorcizar, desinfectar y dejar las cosas en su sitio. 

Las pobres cigüeñas, con los ojos irritados por la colonia barata, confesaron finalmente, "Está con su novio, en el pajar!", y toda la aldea fué con antorchas, encendidas muy fuertemente, a buscar a los díscolos amantes a su nido de amor.

Pero como era un nido, y todos eran cigüeñas menos el Cura Topo, pues tampoco lo vieron nada fuera de lo normal. 


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