domingo, 21 de marzo de 2010

Pepino, el escritor Mazorquín.

Esta es la amarga historia de Pepino, natural de Palma de Mazorca. Pepino era un literato, un escritor avezado, un columnista amparístico, que asistía también a dos clases de dramatización y una de mimo, y aunque no aportaban mucho a su dedicación prioritaria, la escritura, sí le aliviaban del estrés los lunes y los miércoles.

Pepino se tenía en muy buena estima "soy, probablemente, que digo probablemente, universalmente, el mejor escritor de Palma de Mazorca", se decía a sí mismo. Y escribía y escribía sin parar muchas columnas, unas de opinión, otras de literatura, otras de cocina y macramé. Lo suyo era darle a la tecla compulsivamente, sin parar, hablando sobre cualquier cosa.

Un día resultó que se había muerto uno de los grandes escritores que aún quedaban vivos, y Pepino se dijo, "ahora todos alabarán la memoria de este hombre, yo tengo que ser algo más avezado". Dicho esto, "avezado", se bañó en una bañera llena de aves con harina. Una vez bien avezado, se puso enfrente de su Amstrad PCW8256, y comenzó la prosa, que le salía muy redicha y presuntuosa, como si fuera de alguien muy listo que siempre acaba por perdonar a los demás:

"pues no era para tanto, a mí ya se me había olvidado ese hombre si no fuera porque mi hijo lo estudia en clase, escribía siempre que si guerras, que si posguerras, estaba anclado en el ancla de las anclas del tiempo. Además esa ciudad de Castillos que retrata, es un agobio, fíjense que un día me bajé del taxi allí y las calles eran Langostas y todo y la señora gritaba desde un balcón, y todo, así que me volví dentro del taxi y ya nada más quise saber de ese sitio tan feo que no tiene playas ni turismo anglosajón. Este hombre es que se ha muerto tarde, y nada más. Ya le sobraban años nada más que recibiendo premios y siendo un mito en vida"

Pepino era pues de la opinión de que conoces perfectamente una ciudad si has estado en su estación de autobuses, incluso aunque no hayas salido de allí, y de que no vales lo que valen tus obras, sino que sigas vivo y te empeñes en seguir ahí cuando ya podías llevar años en los libros de historia, que es mejor.

Pero Pepino no contaba con las nuevas tecnologías, que en cuestión de minutos hicieron de él un producto caduco al igual que él había pretendido en su texto con aquel gran escritor fallecido, describiendo ciudades de otros como si vivieran en los 60, y despreciando la literatura del artista como si por encastrada en una época, no fuera una obra de arte, conviertiendo su columna en un "evento" copypasteado por todo el país.

Ahora, como resultado de los grupos que se han creado en las nuevas tecnologías poniéndole a parir por pretencioso y perdonavidas, Pepino no debería ni acercarse a las ciudades de los Castillos, no vaya a ser que le den por donde amargan los Rochester, Indiana.

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