viernes, 2 de diciembre de 1994

GINÉS, EMPERADOR DE LAS GOLOSINAS LÍQUIDAS

Ginés vivía en la Plaza Santiago, muy cerquita de una tienda de dulces llamada El Globo. El Globo era como un antro extraño y oscuro donde una señora muy, muy vieja, llenaba bolsitas de aceitunas que vendía a cinco duros.

Las llenaba con sus propias manos, las cuales se limpiaba en la chaquetilla de punto.

Ginés compraba todos los sábados por la tarde sus chuches y tonteridas en El Globo, acompañado de sus amiguitos Garfio y Espérades. Un día caluroso de Noviembre, Ginés pidió amablemente a la señora si tenía "Pinguflá, la golosina líquida para congelar". Efectivamente, la señora tenía, pero dadas las fechas del año, ya no las tenía en la cámara, sino al aire, líquidas.

"Si las quieres congeladas, las congelas en casa, niño"

Esto enfadó a Ginés. Rápidamente, intentó urdir un plan para vengarse de la señora, así que, contando con la inestimable amigo Espérades, pasó a la acción. Espérades entraba a la tienda de dulces como cebo, mientras Ginés permanecía fuera, oculto tras la puerta de entrada. Espérades comenzó a hacer un pedido que ni los que haces una vez al mes en el Carrefour... "me das... dos de esos, uno de estos, uno de esos, una de jumpers, dos de gusanitos, cinco monedas rojas, tres jamones, dos de peta zetas, uno de esos, cuatro de estooos.... cinco palos, cinco morenitos, tres cascarámbanos, cuatro kojaks, dos de esos, cinco de aquello de eso del pica-pica..."

A parte de que de niños le llamemos por su nombre a determinadas golosinas, y a otras las llamemos "de esos" o "de estos", a la señora le llamó la atención tan opulenta compra, ya sumarían casi 300 pesetas, pero Espérades continuaba, ya nervioso, mirando como de reojo a la puerta... "cinco de esos, tres de estos... hum... cuatro de pipas peladas, dos de esos..."

En estas, Ginés se asoma a la puerta, nerviosos, con los ojos como inyectados en sangre, y grita:

¡PUTA VIEJA, PUTA GORDA, PUTA TU HIJA Y TU PUTA MADRE!

Espérades, que se temía algo parecido pero a su vez ignoraba el contenido exacto de la que sería la venganza del siglo, asustado intentó salir corriendo de allí, pero tropezó estrepitosamente al salir, al tiempo que veía como, al retirarse nervioso, Ginés había cerrado tras de sí la puerta de la tienda, con lo que Espérades se encontraba atrapado cual ratonil vícitma de un experimento cruel.

La señora, tranquila y sosegadamente, salió del mostrador, como si fuera a socorrer al pobre Espérades, pero lejos, muy lejos de ayudarle, dijo, en un tono severo "O SEA, QUE TÚ ADEMÁS DE REIRLE LA GRACIA AL TONTO, ¿NI SIQUIERA PENSABAS COMPRAR NADA DE TODO ESO QUE HAY EN EL MOSTRADOR?", sentencia a la que siguió un tremendo collejón, que, hoy día, a Espérades, reputado economista en una conocida empresa de Madrid, le duele en el alma.

Ginés continuó una irregular vida de lo que el consideraba vandalismo, y hoy en día es operario en una pequeña empresa, ésa que fabrica los Pinguflá!

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