domingo, 18 de octubre de 2009

EL FIN DE EDMUNDO

Edmundo Rúbrica tenía un presentimiento. Su final estaba cerca. Cerca. Muy cerca. Normal, ya que tenía un precipicio de tresmil metros a la puerta principal, y solo podía salir a la calle, por el trastero. Y quieras que no, aunque intentes memorizar que la situación de tu casa es irregular, terminas por ser un animal de costumbres, entre ellas, salir de casa por la puerta de la calle.

Así que Edmundo, había adaptado su hogar y necesidades a la vertiginosa situación de tener un precipicio en la puerta. Había amaestrado siete palomas mensajeras, una por cada hora del día (no salía de casa y tenía un reloj de pared cuyo mecanismo estaba atascado con espaguettis, así que Edmundo también creía que el día duraba siete horas), y un jabalí chonchete para irle y traerle, como a él le gustaba decir. Bien es verdad que aunque Edmundo tenía mucho cariño al Jabalí, éste salió el primer día por la puerta en dirección al pueblo, y se encontró lógicamente con una caída larguisima que terminó felizmente con un hostión tremebundo y doloroso que extendió carne de jabalí por toda el área, más rápido de lo que se extendió el cristianismo.

Edmundo esperaba hoy mensaje de su amada, Carmina Burrana, que vivía al otro lado del precipicio: "te extraño, Ed. A ver si te decides a comprar ese puente colgante en el Ikea y nos vemos más a menudo". Ed pensó, que si salía por el trastero, aunque se encontrara con un precioso prado, seguiría alejado de su amada, con lo cual optó por soldar las palomas mensajeras, las siete, para hacerse un avión mágico, y poder volar al hogar de su amada y viajar juntos a la India a comer Kebabs.

Edmundo era bastante idiota, y la carnicería que armó en su casa con las palomas y el soplete aún hace ecos por todo el valle.

La Moraleja vendría a ser: No sueldes siete palomas, van a morir horrorosamente, y no tendrás un "avion mágico. Subnormal.

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